Algoritmos democráticos para el S.XXI

La elección de los mejores mecanismos para la democracia directa no se puede llevar a cabo desde el punto de vista teórico. Primero y esencial porque al final de cada proceso democrático real hay seres humanos cuyo comportamiento, emociones y respuestas a los diferentes algoritmos y mecanismos sociales son impredecibles. No solo eso, sino que su comportamiento depende radicalmente de sus experiencias previas, de su concepto de los socialmente aceptable y del comportamiento de sus semejantes. Esto implica que incluso si encontrásemos un sistema perfectamente funcional, como al que la sociedad llegará por su propio peso antes o después, es posible que ese sistema no funcione entre nosotros, simplemente porque no estamos listos para asumirlo. Esta observación quita de nuestro hombros una tremenda responsabilidad. No es necesario encontrar el mejor sistema, porque la definición de “mejor” dependerá de lo que piensen del sistema las personas que lo usen. La definición de mejor ha de ser rigurosamente democrática. Lo único que debemos hacer es empezar la búsqueda de un sistema eficiente y ágil para tomar decisiones en grupo, y si es realmente democrático dejar que quienes toman parte en las decisiones decidan cuales son las alternativas que es necesario explorar. Si somos capaces de modificarlo con rapidez suficiente, nos aseguraremos de que la implicación de los usuarios, y por lo tanto la difusión de su uso, irá en aumento.

Este texto no pretende ser un estudio exhaustivo sobre los métodos de toma de decisiones, sino presentar algunas ideas que ilustran la posibilidad de que las cosas sean diferentes. La originalidad de las ideas es cuestionable, puesto que nadie tiene ideas realmente originales. Están en el ambiente, alguien las escribe y quizá los demás se le adjudican. Sin duda hay entre los estudiosos del tema mejor ideas y más desarrolladas. Esto es sólo un llamamiento para que los escuchemos. ¿Dónde están sus ideas? ¿Por qué no es precisamente de esto de lo que hablamos constantemente? ¿Acaso hay algo más urgente que la reconquista de la democracia? Estas ideas sólo pretenden ofrecer la posibilidad de soñar, quizá insinuar la necesidad de soñar.

Delegación del voto

La democracia parlamentaria implica que los votantes confían en que sus representantes respeten su voluntad y tomen decisiones de acuerdo a lo que prometieron y por lo que fueron elegidos. Su derecho a decidir es delegado en los representantes por un periodo fijo.

Diferentes personas tienen, según el momento, diferente interés en las cuestiones públicas, en el discurrir de la vida política, y mientras a veces pueden estar satisfechos observado lo que los gobiernos hacen sin sentir necesidad de intervenir, ocurre que otras veces sienten impotencia pues tienen claro que la res pública debería ser gestionada de forma diferente. Existen dos dificultades a las que hacer frente. La primera es dotar a los votantes de la capacidad de censurar a sus representantes electos si no atienden a su promesas. La segunda es facilitar a los primeros suficiente información sobre como están siendo “representados” por los segundos.

Existen en la sociedad muchos individuos que tiene un interés activo en la política y que de forma natural siguen los movimientos de las instituciones públicas y sus dirigentes. Existen también personas a quienes les gustaría saberse representadas, pero que no tienen un interés suficiente como para seguir la actividad política oficial. Sin embargo, todo el mundo conoce a alguien en quien confía y que tiene un nivel más profundo de implicación en los asuntos de la res pública. ¿Por qué delegar directamente tu voto en alguien con quien no tienes ningún contacto y en quien no tienes ninguna razón para confiar más allá de lo que te muestra su campaña electoral, la versión oficial de periódicos y otro medios de comunicación?

Supongamos que tú puedes elegir a una amiga para que te represente, porque confías en ella y comparte tus valores. Ella está más implicada y tiene a su vez un amigo o conocido con quien tiene el mismo tipo de relación, él a su vez conoce a otra persona en la que confía, y por un simple mecanismo piramidal, en dos o tres pasos de confianza tu voto podría acabar garantizando un asiento en el “parlamento” a alguien que, honestamente, te va a representar. Quizá tú estás interesada en la actividad política, y es a base de representar a otras personas como acabas en el parlamento, o eres quien conoce lo suficientemente a alguien que tiene la capacidad de contribuir al gobierno del estado. El resultado sería una pirámide invertida de representación basado en el conocimiento directo de las personas y en la confianza. Utilizaremos los términos de titular, transmisor y representante del voto para designar a los individuos que forman parte de la cadena. Los titulares, dueños legítimos del voto, cuyo conjunto forma la base (parte superior) de la pirámide, los transmisores, personas en que el voto es depositado pero quienes lo depositan a su vez en una tercera persona, y representante, quienes hacen uso de su voto en debates, elecciones y toma de decisiones, y ocupan el ápice (parte inferior) de la pirámide.

El poder, sin embargo, corrompe, y esa confianza tiene muchas posibilidades de ser defraudada si está fuera del control del dueño legítimo del voto: tú, yo, tu prima, el vecino, el demos en quien debe residir la soberanía y la autoridad final. Por lo tanto, cada cual tiene derecho a que le sea notificado, con la frecuencia deseada, la forma en que su voto es usado, y, en caso de que no esté de acuerdo, corregir la dirección del mismo.

El algoritmo de verificación y rectificación del voto ha de seguir un flujo inverso al de delegación. La decisión del representante puede ser revisada por cualquiera de los que forman parte de la cadena de transmisión, siendo inapelables las decisiones de los que están más abajo en la cadena de transmisión las decisiones tomadas por los que están encima. En última instancia es el titular del voto, el ciudadano, el que tiene la opción en cada instante de decidir la dirección de su voto.

Toda votación o debate ha de ser anunciado con antelación suficiente y cada decisión puede ser ratificada o revocada por la ciudadanía en un tiempo estipulado de forma que todo el mundo tenga una oportunidad real de elegir. Titulares y transmisores pueden escoger ser notificados de la evolución de debates y votaciones. Una vez realizada un sufragio, cada uno de ellos puede elegir ser informado del sentido en que han sido usados los votos de cuya custodia es responsable como transmisor, si los hay, así como el del voto que es titular. Dispone a partir de ese momento de un tiempo de verificación. Si un transmisor decidiese cambiar el sentido de esos votos, los transmisores más cercanos a los titulares, y éstos mismos, serían notificados (si hubiese escogido que así fuera) y dispondrán a su vez de un nuevo periodo de verificación. Si un titular emite un voto personalmente, su dirección no podrá ser modificada por nadie. Es evidente que esto dilata un poco el tiempo necesario para conocer el resultado, pero esto no tiene por qué ser muy grave en la mayor parte de los casos y existen mecanismos posibles para mantener bajo control este proceso.

La generación del discurso

El problema fundamental de la democracia no es realmente la posibilidad de decidir, ya que es concebible un sistema estilo suizo en que los referendos sean una parte cotidiana de la vida de sus ciudadanos. Una actualización informática de este proceso haría realmente fácil la participación ciudadana en la toma de decisiones.

El problema fundamental de la democracia entre un número elevado de participantes es la selección de los temas sobre los que hay que decidir. Mientras no esté sobre la mesa la posibilidad de votar sobre el aforamiento de los parlamentarios, por ejemplo, nunca podrás votar en su contra.

El problema es, por lo tanto, el conseguir que el control del discurso permanezca en las manos del demos.

En nuestra sociedad, el discurso está controlado por la clase política y los medios de comunicación de masas. En ese discurso se empieza a filtrar con fuerza la palabra que se extiende gracias a los medios de comunicación P2P y a la potente voz con la que los movimientos sociales se manifiestan a todos los niveles. Sin embargo, estas dos formas de generación de discurso carecen del ingrediente fundamental que requiere el discurso del grupo. Representatividad.

Si bien en cierta medida el discurso de los movimientos sociales más potentes representa mayoritariamente la opinión de sus integrantes, esto se debe a que el movimiento social en sí se ha formado alrededor de posiciones concretas. Sanidad, educación, feminismo o visiones políticas concretas aglutinan a decenas o centenas de millares de personas alrededor de posiciones de consenso iniciales. Sin embargo, estos consensos son estáticos, puesto que dichos movimientos carecen de los medios necesarios para responder de forma más o menos inmediata a cambios de opinión de sus integrantes, o para formular un posicionamiento global ante nuevos retos o cuestionamientos. Con la mejor de las intenciones las directivas proponen y las bases del movimiento se limitan a poder asentir o disentir, ni siquiera necesariamente a modificar dichas propuestas. No existen mecanismos para elaborar un discurso común con respecto al cual establecer posicionamiento individuales.

En estos momentos los métodos de decisión rápida van reñidos con la discusión abierta de ideas, y los métodos asamblearios ralentizan y entorpecen la toma de decisiones. La cuestión es cómo generar un método mixto que permita que todos los participantes del grupo tengan acceso a todas las opiniones y que controlen de forma democrática la medida en que distintos posicionamientos toman el control del discurso.

La gestión de la palabra

Supongamos una asamblea que se realiza de forma remota, pasando por internet. Queremos que la asamblea tenga una duración limitada y sólo hay un micrófono. Teniendo en cuenta que el tiempo es el bien común, su titularidad es igualitaria y cada participante en la asamblea dispone de la misma cantidad de tiempo. Si se establece una duración de la reunión de dos horas tenemos 7200 segundos a repartir entre todos, ya seamos cien o cien mil. Evidentemente si hay diez personas todo puede estar muy bien, pero si hay cien mil cada uno toca a menos de un segundo y eso no funciona.

A título de ejemplo supongamos que somos cien participantes, por lo que cada uno es dueño de 72 segundos, y que sólo se va a discutir un tema. Cada uno de nosotros se sienta frente a una pantalla de ordenador en la que hay una circunferencia, o varias, de círculos de un color neutro. Cada uno de ellos representa a un participante, y cada cual se ve a si mismo en la parte superior de la pantalla. Antes de empezar la asamblea cada cual tiene la opción de describir, en 140 caracteres, su posición respecto al tema a tratar. Si lo hace, el círculo que lo representa cambiará de color, y al pasar el ratón por encima podrás saber cual es su posición, e incluso pinchar en un link a algún otro lugar en donde la desarrolla. De esta forma, con anterioridad al comienzo de la asamblea es posible tener una idea de la opinión de todos los participantes.

Empieza la asamblea. Cuando una persona pide el turno el color del círculo que lo representa cambia de color en todas las pantallas. El sistema asigna los turnos de palabra por orden de solicitud (con posibles modificaciones para introducir turnos de respuesta entre temas). Cuando lo hace, el círculo de la persona que está hablando toma un color característico y todos en la asamblea pueden oír su voz. Cuando el orador consume su tiempo, el micrófono se apaga y el sistema adjudica el siguiente turno. Si nadie quiere hablar el tiempo se consume para todos por igual. No obstante, alguien que no quiera hablar puede ceder parte de su tiempo a otro orador, incluso antes de que comience la asamblea se puede “votar” por las ideas que más te representan cediendo tiempo a otra persona. Pero tu tiempo es tuyo, y si el discurso del orador no te representa puedes retirarle lo que aún no haya usado.

Al cabo de las dos horas la asamblea ha terminado salvo que de forma democrática y ágil se decida extender.

Evidentemente esto es solo un ejemplo para ilustra el mecanismos. Si el número de participantes en la asamblea asciende a miles o a millones sería posible introducir métodos de delegación como los descritos anteriormente para que nuestros segundos sean gestionados por terceras personas. Podemos elegir no estar “presentes” en la asamblea y sin embargo querer saber lo que se dice en nuestro nombre. Cada vez que nuestro representante hable oiremos lo que diga si queremos, o podremos conectar a la asamblea como si fuera una emisora de radio. Deberíamos tener la posibilidad de arrebatarle el tiempo que le otorgamos incluso si no estamos presentes en la asamblea. Nuestro tiempo es nuestro. Podríamos también concebir la introducción de intérpretes para facilitar la integración de personas con diferentes lenguas. La cuestión es que, siendo cada uno de los presentes titular indiscutible de su tiempo, no puede más que estar de acuerdo en que lo que se dijo es reflejo tanto de su opinión como la de cualquier otro, por igual. El discurso que se genera es indiscutiblemente el que genera el grupo en su conjunto y es por lo tanto democráticamente representativo.

Si la asamblea ha llevado un tema a debate y votación, es porque sus participantes lo han decidido, y el resultado es legítimamente vinculante para todos.

Otras herramientas

Aunque estas dos aplicaciones podrían constituir mecanismos muy útiles para gestionar la dinámica del grupo, quedan muchos huecos por rellenar. La activismo social y la actividad política no se reducen a asambleas o votaciones. El debate constante y la interacción frecuente son la única forma de mantener una cohesión social que permita a los individuos constituirse en grupos capaces de defender los intereses comunes e imponer condiciones a empresas y plutócratas. Este debate ha de tener lugar en la red, pues ha de darnos cabida a todos, pero en plataformas específicamente diseñadas para ella y cuya titularidad sea de domino público, protegidas debidamente la intimidad de sus usuarios y no poniendo a estos en las manos de grandes corporaciones. Ni Facebook, Ni Twiter, ni Telegram son la solución. Son herramientas innegablemente útiles, pero insuficientes para alcanzar el objetivo que nos proponemos. En definitiva lo que buscamos es que un grupo, una sociedad, una nación, la raza humana, pueda tomar consciencia de si misma, de sus deseos, de sus contradicciones, de sus necesidades para expresar su voluntad y tomar acción. ¿Cuáles son los algoritmos definitivos? ¿Existen? Como hemos dicho anteriormente los algoritmos que funcionan será los algoritmos que la gente use, y la gente usará con prioridad los algoritmos que ha escogido, si están implementados adecuadamente. Por eso cualquier avance en esta dirección es en la dirección correcta. Si aumenta la comunicación, la capacidad de generar un discurso común y la capacidad para tomar decisiones, estas capacidades pueden ser utilizadas para decidir cómo queremos comunicarnos mejor y desarrollar esas capacidades. Y así sucesivamente.

Que nadie se engañe, existen riesgos en cualquier tipo de proceso de cambio, y cuando hablamos del uso del poder los riesgos siempre son grandes, pero si no desarrollamos los instrumentos adecuados el demos nunca logrará hacerse con el control de ese poder.

Salud, paz y democracia

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