¿Miedo a la democracia?

Desde que empecé a escribir el blog he discutido sus ideas con poca gente. Casi toda gente cercana afectiva e ideológicamente, gente que a priori está de cuerdo con que una democracia real y participativa sería la mejor forma de acabar con algunos de los males que afectan a la sociedad europea y ciertamente a la española. Sin embargo, en muchas de sus respuestas iniciales, casi todas he podido detectar el miedo. Algunos directamente han atacado la propuesta por “ser incapaz de ofrecer garantías jurídicas”, algo que yo, como no he estudiado derecho “no puedo entender”. “Pero vamos, que la idea mola”. Otros han sido capaces de manifestar sus miedos de forma directa. “¿Qué pasaría si la mayoría cambiase de opinión de repente? ¿Nos quedaríamos sin gobierno? ¿Y si al día siguiente vuelven a cambiar de opinión?” y luego los otros “¿Y si la mayoría decidiese discriminar a una minoría étnica o social?”

Lo primero que me urge es confesar que yo también sufro esos miedos. Todos y cada uno de ellos me han invadido a medida que la visión de una sociedad verdaderamente democrática se ha ido haciendo más verosímil en mi mente. Pero los he controlado. Cada vez que me asalta uno de esos miedos me viene a la mente una respuesta que me calma, y que pertenece una de las dos siguientes categorías.

Primeramente, si nos planteamos la posibilidad de que la Democracia Total llegue a ser una alternativa de gobierno es porque es un sistema que funciona. Nadie lo va a impulsar desde la cúpula del poder. Sólo si es capaz de articular el diálogo y los mecanismos de decisión para los colectivos que hayan decidido ponerla en práctica para mejorar su democracia interna, es concebible que en un momento dado una masa sustancial de gente sea tenga la capacidad de invitar a los que todavía no lo hacen a participar. Para entonces ya se habrá estabilizado, la gente habrá aprendido a usarla, habrá aprendido a hacer trampas y a proteger el sistema de las trampas. La democracia total se pondrá a prueba a si misma antes de suponer un peligro para nadie. La democracia total no es un algoritmo, ni un método, ni una plataforma. La democracia total es una filosofía, es una forma de hacer política que tiene como objetivo igualar la capacidad de influencia que puede tener cada individuo en las decisiones comunes. No somos iguales, y esto es un objetivo imposible, pero es un objetivo deseable, un rumbo que seguir.

La segunda categoría de respuestas, que es la más triste, es también la más poderosa. ¿Acaso no pasan o han pasado ya en la “democracia” aparente en la que vivimos todas esas cosas que tanto miedo nos inspiran? ¿No fue Hitler un producto de un sistema totalmente democrática provisto de todas las garantís jurídicas que te puedas echar a la cara? Al final, las garantías jurídicas no son más que la forma en que se instrumentalizan las normas sociales para lograr los objetivos del gobierno de turno. La cuestión es para quién gobierna ese gobierno y a quién defienden las susodichas garantías jurídicas y la ley en su conjunto. Discriminación por género. Pues mire a su alrededor. Racismo y discriminación étnica, mire usted el apartheid, con cuanta legislación se consiguió y cuanto apoyo de los gobiernos del mundo tuvo. Y si aún le quedan dudas mire usted la situación de desigualdad hiriente en la que vive el país que supuestamente inventó la democracia moderna y por ende el más rico de todos.

En su fascinante libro “Los ángeles que llevamos dentro”, Pinker concluye después de un sesudo estudio que la democracia está asociada de forma incuestionable a un descenso de la violencia producida por las guerras, y señala que en los países donde la democracia es más fuerte se observan menores índices de violencia interna. No es cuestión de opinión, de corazonada, es cuestión de evidencia histórica, la democracia en si, aislada de todos los otros efectos regionales, económicos y culturales, reduce la violencia. Se puede decir por lo tanto que, Democracia es paz. ¿Quién no está de acuerdo en que la paz debería ser uno de los objetivos fundamentales de nuestra forma de gobierno?

Cuando pienses en Democracia Total, no pienses en una serie de métodos y algoritmos que se ha inventado un tipo por ahí. No, piensa en cómo podemos lograr hacerlo, piensa en si merece la pena probar esos métodos, y muchos más, hasta que logremos que el pueblo europeo pueda hablar con una sola voz y diga ¡Basta!. Un basta sin puñetazos en la mesa. Un basta como cuando sabes que la palabra “basta” va a ser suficiente para que se pare todo. Basta. Vamos a hablar, a ponernos de acuerdo de verdad, cada uno en la medida de su conocimiento, de su implicación política y todos con un sentido profundo del deber hacia los demás, de respetar nuestros compromisos con ellos, porque esos compromisos no serán impuestos, sino resultado de nuestro compromiso personal con la paz y el entendimiento de que la democracia es el camino para conquistarla.

La conclusión a la que llega Pinker cuando interpreta sus observaciones es que las auténticas democracias, en las que el pueblo decide, intervienen menos en guerra que los países en que la democracia es más débil porque el pueblo, que es quien va a sufrir las consecuencias pero va a disfrutar menos del botín que los señores de la guerra, es más cauteloso. El corolario que yo extraigo de su conclusión es que el demos, en vez de ser más imprudente y más peligroso conductor de nuestro destino es más cauto y más sabio.

Piensa que cada mente es un universo y que para cambiar cada una de las mentes hace mucho más tiempo que para que a cuatro pirados les apetezca poner los pies en alto en una mesa en un rancho de Texas y decidan inventarse que hay armas de destrucción masiva y que hay que mandar a cientos de miles de chavales a la guerra ¿De verdad piensas que si a sus madres les hubiesen dado vela en ese entierro esa guerra hubiese tenido lugar?

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